Los eventos meteorológicos recientes han visibilizado una vulnerabilidad conocida, un predio agrícola no depende únicamente del cultivo que produce. El suelo, el agua, los polinizadores y los enemigos naturales de las plagas también determinan su funcionamiento. Ante un clima variable, incorporar biodiversidad en la planificación debe ser una decisión productiva. La respuesta habitual ante nuevas presiones suele ser intensificar las intervenciones y recurrir a insumos externos. Entonces, ¿Conviene complementar el paisaje agrícola con intervenciones que fomenten los procesos ecológicos de regulación? La evidencia científica lo demuestra, por ejemplo, se ha observado que la vegetación dentro y alrededor de los cultivos puede contribuir a proteger el suelo, moderar la escorrentía, y ofrecer alimento y refugio a insectos benéficos. Sin embargo, ese potencial debe evaluarse en cada predio. Por ello, la pregunta no es solo cuántas especies hay en un campo, sino qué funciones cumplen y cómo interactúan con el cultivo. La biodiversidad funcional propone seleccionar y manejar plantas y otros componentes biológicos según su contribución potencial a la producción. Las especies con flores, por ejemplo, pueden proporcionar néctar, polen y refugio a polinizadores y enemigos naturales de las plagas. Sin embargo, el resultado depende de las especies elegidas, su floración, su ubicación y las condiciones locales.

En Centro Ceres abordamos este desafío mediante Unidades de Biodiversidad Funcional (UBF), arreglos vegetales integrados en los predios para favorecer interacciones ecológicas como la regulación de plagas y la polinización. A través del programa TT Green Foods, hemos avanzado en su implementación tanto en sistemas convencionales como en predios que buscan adoptar prácticas más sostenibles. Los diseños combinan especies nativas de los géneros hierba del clavo, Flor de la cuncuna y Tiquitiquiy otras especies de plantas seleccionadas, como cilantro, perejil y geranio. Su elección considera las necesidades de los insectos benéficos y el manejo del agricultor. Nuestros monitoreos han registrado mayor abundancia de enemigos naturales cerca de las UBF y menor incidencia de plagas en esos sectores. Entre los organismos observados se encuentran chinitas, crisoperlas, sírfidos y avispas parasitoides, entre otras, asociadas al control de pulgones, conchuelas y mosquitas blancas. Estos resultados son muy positivos, pero es interesante que se puedan analizar comparando sectores, siguiendo las poblaciones en el tiempo y considerando los manejos realizados por los agricultores y el paisaje circundante.

La vegetación presente en un campo puede modificar las condiciones del suelo y del entorno inmediato, pero aún es interesante y necesario saber en qué magnitud nos ayuda a conservar el agua, amortiguar el calor o reducir pérdidas productivas. Sus efectos pueden variar entre cultivos y territorios. Presentar las UBF como una solución universal debilitaría su valor, ya que se trata de una intervención que podemos diseñar, monitorear y ajustar a partir de resultados verificables.

Los recientes sistemas frontales recuerdan el costo de actuar después de una emergencia. Planificar implica cuidar el suelo y el agua, reducir la exposición a riesgos y fortalecer procesos ecológicos que contribuyan a la estabilidad del sistema productivo. Cultivar biodiversidad requiere definir qué función queremos fomentar en el sistema, para diseñar y comprobar si la cumple. Solo así dejará de ser un elemento accesorio del paisaje para convertirse en una parte efectiva de la gestión y manejo de nuestros campos.

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